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Escultórica Azotea: ¿puede la escultura transformar la toxicidad comunitaria?
En la Narvarte, Ciudad de México, entre fachadas de tabique rojo, balcones de aluminio y cables de alta tensión que decoran el cielo, se encuentra un cuarto de azotea de tres por tres metros. Es mi taller de escultura y experimentación artística, pero también es el lugar donde se lava y se tiende la ropa de casa. Escultórica Azotea nació como un proyecto de resistencia: un pequeño espacio en el que la vida doméstica se entrelaza con la producción artística, la investigación y la ocupación de un espacio público que había sido abandonado al deshueso y al olvido.
Este cuarto, ubicado en Morena 1256, da hacia un espacio común del edificio. Allí, donde antaño los lavaderos eran redes sociales análogas –se compartían historias, chismes y recetas de cocina– hoy reina un silencio grisáceo y polvoso. Sin embargo, desde que me instalé con mis gubias, piedras y maderas, el espacio comenzó a brillar. Se reactivó no solo por la presencia de los objetos y sus procesos, sino por los cuerpos que ahí habitan, aunque sea un par de horas al día.
Merleau-Ponty decía que el cuerpo se revela a través del sonido. En Escultórica Azotea, el sonido es parte de la instalación: golpes de martillo, crujidos de madera, rechinidos de herramientas que acarician la materia. A veces, este sonido se vuelve “ruido” para los vecinos que no pueden acallar su propia mente y argumentan que mi taller impide la paz y tranquilidad en el interior de su hogar.
Lo cierto es que la exploración escultórica, dependiente de un cuerpo –aunque sea virtual– siempre genera resonancias. Pero las dinámicas de toxicidad comunitaria no surgen de un martillo sobre piedra, sino de la desvinculación de un espacio común que, paradójicamente, todos comparten y ninguno habita.
La instalación escultórica que propongo en Escultórica Azotea inicia con la presencia de otras personas que vienen a aprender y experimentar. Avanza con mejoras estructurales y estéticas: cambio de materiales, recuperación de lavaderos, siembra de jazmines y huele de noche que modifican la visualidad y cubren el aire con aromas dulces. Sobre un muro blanco recién pintado planeo colocar una frase en vinil: “El espacio es público, úsalo.”
La vista hacia el taller también se abrirá: cambiaré la puerta de metal por una de madera con vidrio y cortinas de algodón. Los racks de madera dejarán ver la producción y la investigación en proceso. Será un espacio transparente, transparente, como diría Haraway, un simbionte entre especies materiales, vegetales y humanas. Un espacio que quizás, sin proponérselo de manera moral, traiga paz y tranquilidad a toda la comunidad.
Mientras tanto, seguiré trabajando.